En su taller de 2014 acerca de “Cómo se escribe un periódico”, un clásico de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), Miguel Ángel Bastenier (1940-2017), recordado subdirector del diario El País, de Madrid, enseñaba que “la crónica es la prosa de la prensa escrita”. O lo que es igual: su narrativa.
Una docena de años después, Miguel Velárdez llena de contenido esa aserción con Pisar el hielo negro. Este libro recién publicado es el feliz resultado de que el autor, periodista en LA GACETA y colaborador de estas páginas, haya ganado en 2024 la décima “Beca Michael Jacobs de Crónica Viajera”. Se la otorgaron -concurso mediante- la “Michael Jacobs Foundation for Travel Writing” y la Fundación Gabo. Esta última es la institución que creó el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez (1927-2014) y que, originalmente, fue la FNPI. La misma donde Bastenier, autor de El blanco móvil, dictaba sus seminarios.
Literatura de viaje y rigor periodístico es lo que reúne armoniosamente esta obra que recoge, de manera laboriosa, el testimonio de los argentinos y los extranjeros que se instalan en el extremo sur de la Argentina con la ilusión de encontrar un trabajo en las minas de carbón. Es decir, un sufrido empleo que les permita prosperar económicamente. Los protagonistas son esos migrantes, el frío inclemente de la estepa austral y el viento patagónico, que alcanza la categoría de una verdadera entidad.
El “viaje” es el hilo que va conectando las múltiples experiencias de quienes han encontrado en este verdadero “finis terrae” el territorio donde asentarse. Porque como enseña el sagrado libro maya del “Chilam Balam”, “Toda luna, todo año, / todo día, todo viento / camina y pasa también. / También toda sangre llega / al lugar de su quietud”.
Cambia, todo cambia
Pisar el hielo negro comienza, precisamente, con el viaje de su propio autor. Velárdez no se tomó un avión para llegar a Río Gallegos, sino que decidió viajar tal y como lo hacen los que, sin dinero, emprenden el viaje al sur del país (y del mundo mismo) a jugarse el todo por el todo. Anhelando con que, en verdad, sólo sea un viaje de ida. Y, a menudo, sin siquiera contar con recursos para un pasaje de vuelta. Así que el periodista (y ahora también escritor) se subió a un camión que partía desde Tucumán hasta aquellas lejanías. El vehículo es de un comprovinciano, Omar Domene, quien hace años partió como un migrante y se afincó en la otra punta de la nación. Ha venido a visitar a familiares y va camino de buscar dos transformadores en Alta Gracia (Córdoba). La primera escala, eso sí, es dentro de Tucumán: en Juan Bautista Alberdi buscarán a Jonathan González, “El Chepe”, quien también se fue a buscar una mejor vida en las australidades. Ahora trabaja con Omar y es el copiloto de la travesía que insumirá cuatro días y tres noches.
El Capítulo I reúne una docena de crónicas sobre ese periplo. Conviven, allí, la historia de los dos navegantes del camión blanco F4000 junto con un pormenorizado detalle acerca de la diversidad de este país, por momentos inabarcable. ¿Cuántas “Argentinas” están contenidas dentro de las fronteras? Van cambiando las provincias, los climas, los paisajes y la fauna.
Velárdez registra todo ello con una precisión que, por momentos, remite a los pasajes de las obras de Julio Verne (1828-1905), que retrataban de manera exquisita la geografía de los lugares donde transcurría la acción. Tanto en el trayecto a Río Gallegos, como -luego- en el camino a Río Turbio, la crónica y el diario de viajes poblarán las páginas con imágenes narradas.
Se suceden, en estas autralidades, desde una lluvia de estrellas hasta la migración de esas aves incansables que son los playeros rojos, pasando por los empecinados guanacos. De una u otra manera, esos paisajes terminan hablando el lenguaje de la esperanza. Eso lo mimetiza con las personas que han acudido a poblar esas tierras.
Rostros y rastros
El extremo sur es la última trinchera donde darle pelea a la existencia. El Capítulo II da cuenta de que aquellos que se embarcan hasta aquí lo hacen (dice el autor) porque la adversidad les destruyó el “plan A”, el “B” y el “C”. Sienten que el libro de la vida se cerró para ellos, allá en sus tierras de origen, donde quiera que queden. Así que migrar al sur es una aventura, pero nada idílica. Muchos no se vuelven apenas llegan (como confiesa Omar mientras maneja) sencillamente porque no tenía ya ni un peso. Como él, son legión los que viajan con lo puesto. Esta es la aventura de hacer que la esperanza renazca bajo la nieve tenaz, describe Velárdez. Debe ser cierto que toda costa, en tanto fin de la tierra, es también el comienzo del cielo. Sobre todo aquí, en el fin del mundo, lo más lejos que cada quien puede distanciar del infierno de su derrota.
Waldit Tuesta Dávila es oriundo de Ocalli, pueblo pobre del departamento de Amazonas, en el norte de Perú. Recibió, desde que tiene memoria, el mandato paterno de emigrar. Se trasladó a la Argentina. Específicamente, a Córdoba. Allí encontró la carrera de odontología, el matrimonio, sus dos hijas. Con lo que no lograba dar, aún recibido, era con la prosperidad. Volvió a armar las valijas y se fue a Río Gallegos. Ahí se dio con la holgura económica, con la rebeldía de su hija mayor (había dejado atrás compañeras de colegio y amistades) y con insalvables diferencias con su esposa. Finalmente, se separaron. Lo que no llega es el sentimiento de pertenencia: Waldit no siente la necesidad de visitar Perú tras la muerte de sus padres. Tampoco quiere dejar Río Gallegos. Pero no se siente parte de la ciudad.
“Cuando llegás, no te ayuda el de aquí. Te ayudan los que vinieron de afuera, la vivieron y saben de qué se trata”, sintetiza.
Daynett Díaz arribó procedente de Venezuela. Nada menos que de Caracas. Durante la pandemia de coronavirus perdió su trabajo. En el encierro decidió agasajar a su novio, argentino y vegetariano, con un manjar de su tierra: le preparó “tequeños” (los “dedos de queso”). Rebozados y crocantes por fuera, untuosos y suaves por dentro. Él le rogó que iniciara un emprendimiento para que todos los probaran. Hoy, ese negocio es “TequeLovers”. Y hasta la mamá de Daynett está ya con su hija, en la Patagonia y en la apuesta culinaria.
Mary González es la inquebrantable integrante de una familia en la que muchas mujeres llevan un orgulloso nombre: Altagracia. Es el segundo nombre de su prima Fabiola, por caso. Y desde algunos años esa es, también, la razón social de la pastelería que las dos montaron en Río Gallegos. Pero a este final feliz Mary no llegó siguiendo un rastro de migas, sino a través de una esforzada vida de eterna mudanza. Esta venezolana es hija de un especialista en petróleo, de modo que sus memorias, desde niña, la llevan de Maracaibo a México, luego a Colombia y de vuelta Venezuela. Con la “revolución bolivariana”, su país se tornó hostil y los González migraron a Chile. Se radicaron en Puerto Montt, pero los trabajos que conseguían eran de personal de maestranza. Hasta que un antiguo jefe argentino le acercó al padre de Mary una oferta laboral en Río Gallegos. Hoy siguen ahí y ella decora sus exquisiteces con el agradecimiento para este país, donde nunca sufrió xenofobia, y para esa ciudad donde conoció lo que es vivir tranquila.
También hay en la ciudad migrantes “made in Argentina”. La historia de Stella Carrizo, la esposa de Omar Domene, no sólo es la de una mujer que decidió acompañar a su pareja al extremo sur. Es también la gesta de una tucumana que viajó hasta los confines para encontrar una nueva vida, después del dolor insuperable de la muerte de su bebé.
“El tío” y el páramo
En Río Turbio inclusive la nieve pierde su perfil festivo. Los copos son pesados y el frío es denso. Pero, anota Velárdez en el Capítulo III, nada se equipara a la soledad del páramo, que penetra hasta los huesos.
En Río Turbio, donde terminan los mapas y comienza la cordillera, prácticamente todo es migrante. Desde la Plaza de los Inmigrantes y sus nueve mástiles, hasta Tonel, el perro que llegó de afuera (se cree que desde Punta Loyola) y que se convirtió, como dice el poema de Aníbal Mario Améstica, en el guardián de los mineros. A diferencia del común de los animales, no le temía al ruido de las máquinas y entraba a la mina. Primero lo adoptaron ellos. Después, todo el pueblo, que se sumó a la colecta para pagar su operación cuando lo chocó el tranvía. Murió de viejo en 1995. Y le hicieron un monumento recordatorio.
Migrante es también Jonathan Barrera, quien padece la “enfermedad del pulmón negro”, una patología respiratoria provocada por las partículas de carbón que se respiran en la mina. Por esas adversidades, los que trabajan allí, si reúnen los años de aportes, pueden jubilarse a los 55 años. El tiene 40 y cuando alcance la edad para el retiro habrá completado 30 años de servicio. Pero teme que el gobierno de La Libertad Avanza modifique esas condiciones.
La esperanza tiene sus propios fantasmas allí. Pero también hay males reales al acecho. Con rigor periodístico, Velárdez explica, con datos, el flagelo de las adicciones a las drogas ilegales y el suicidio. Especialmente entre los más jóvenes. La tasa de quienes se quitan la vida es más alta entre los chicos de 10 a 19 años, especialmente en la transición del invierno a la primavera. El encierro obligado lleva a la soledad. Y la soledad a la desesperación.
Inclusive con todo esto en contra, las historias de resistencia y resiliencia florecen aquí. Un ejemplo señero es la historia de Carla, la primera mujer que desafió tradiciones y prejuicios. Porque nació siendo Carlos Enrique. Con ese DNI que consignaba su nombre de nacimiento, consiguió el trabajo en el Yacimiento Carbonífero Río Turbio: “la mina”. Después, como mujer trans, obtuvo un nuevo documento de identidad y se enfrentó a la negativa de la empresa. En ese “no” había mucha discriminación, por supuesto, pero también el peso de las creencias. Ellas postulan que bajo tierra son los dominios del diablo: “El Tío”. Los mineros le tributan ofrendas y regalos. Pero también está su pareja femenina, que siente celos de cualquier mujer. Y cuando se enoja por una presencia femenina, provoca derrumbes. Así que a “ellas” les estaba prohibido entrar en la mina. Hasta que Carla cambió el rumbo de la historia.
Ahí comienza otro capítulo dentro de este mismo capítulo: la lucha de las mujeres por lograr que les permitieran trabajar dentro de la mina, que no es otra cosa que la lucha por la igualdad. Y por acceder a sueldos que les permitan a ellas, y a sus familias, progresar igual que lo hacen los varones y sus hogares.
Después de la historia de Carla vienen las de Vanesa Galván y María Belén Millanahuel. Son, como dice el autor, retratos de una reivindicación histórica.
Los que quieren irse
En el capítulo IV comienza el regreso del autor. Gracias a sus “anfitriones” de viaje, los que lo trajeron desde Tucumán, conocerá el glaciar Perito Moreno, el Lago Argentino y a Elías García, el barranquillero que emigró desde los 40 grados hasta la nieve. Hoy es el peluquero del intendente de Río Gallegos, Pablo Grasso.
El Capítulo V expondrá que en estas latitudes plenas en personas que migraron también hay “nacidos y criados” que quieren emigrar. Es el caso de Bianca Vilca, la joven apasionada por la ingeniería que a los 26 años desafía las alturas y el viento patagónico para ocuparse del mantenimiento de las torres de energía eólica. No teme trepar 120 metros de altura hasta donde sólo hay aspas gigantes y vendavales. Ella quiere irse a Europa.
En el otro extremo de la vida y los planes se ubica el arquitecto tucumano Benigno Ramos Sabaté, quien sostiene que la convalecencia de su padre le detonó su primer matrimonio. Y la pandemia, el segundo. En 2021, al borde de los 70 años, decidió migrar a Río Gallegos. Allí trabaja todavía porque es jubilado de la mínima. Y ya convenció a uno de sus hijos varones y se lo llevó con él.
No es fácil sobrellevar la vida en condiciones tan poco amables como las de la Patagonia Austral. Muchos salen adelante y progresan. Pero otros nunca se acostumbran y se rinden. Y también están los que se quedan, pero lo gastan todo en distraerse de la soledad y el encierro al que obliga el clima de manera permanente. Cuando deciden que ya es suficiente, descubren que se irán tal como llegaron. De modo que no todo es tan lineal como parece. Ni siquiera el pavimento de las calles. En los días en que la temperatura baja de manera veloz y drástica, su superficie se congela y se cubre de una película tan gélida como transparente. Los desprevenidos pisan ese hielo negro. Y se resbalan...
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